14
ABR
2017

Meditamos sobre la Pasión de Cristo (08. Simon de Cirene)



Los centuriones quieren que Jesús llegue con vida a la cima del Gólgota, por eso, a ti, que simplemente pasabas por allí, te obligan a llevar el travesaño. Te obligan y te niegas como cualquier otro, porque nadie había en aquel camino que quisiera ayudar al Mesías con su cruz. Unos habían huído, otros le pegaban, otros le escupían y otros tantos le injuriaban. 

Jesús sintió alivio físico con la ayuda del Cirineo. Le agradeció con una mirada. Al principio le ayudaba con su carga con enojo y fatiga, pero poco a poco su ira se derretía ante los ojos mansos y serenos de aquel hombre que nada tenía que ver con los condenados corrientes. Primero, enojo, después piedad, finalmente amor. Yo, también puedo ser Cirineo de Jesús, ayudando a quién lleva una cruz más grande que la mía.

 

 

¿A qué o a quién he ayudado o ayudo yo en mi día a día?
¿Cuándo ayudo a alguien lo hago por obligación o porque quiero compartir su carga y hacerle el camino más llevadero?
¿Se hacer propio el propio sufrimiento y canalizar mis resignaciones hasta convertirlas en amor y comprensión?

 

 


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